¡No me hables de flechas y dianas! La comunicación es un diálogo de mapas mentales
Seguramente, cuando piensas en comunicar, te viene a la mente aquel esquema básico que aprendimos hace años: un emisor lanza un mensaje a un receptor, como si fuera un "arco y flecha" disparando a una diana. Si ese modelo fuera suficiente, ¿nuestra comunicación no fallaría jamás, verdad? La realidad es que es mucho más compleja, potente y, sobre todo, bidireccional. Olvídate de la visión antigua; hoy entendemos que tanto tú como yo somos emisores y receptores de forma simultánea. Mientras hablas, estás recibiendo feedback no verbal constante: gestos, caras y atención.
Para empezar a dominar esta complejidad, es crucial entender que el contexto lo marca todo, incluyendo la relación que tenemos, la jerarquía o el rol que desempeñamos. Pero además del contexto y las palabras, hay dos elementos internos que influyen enormemente y que solemos pasar por alto: la intención y el propósito. La intención es el "desde dónde" comunicas (tus miedos, motivaciones o estado), mientras que el propósito es el "para qué" hablas (lo que quieres que suceda en el otro). Si no logramos alinear nuestra intención con nuestro propósito, la otra persona tendrá que intuirlos, lo que inevitablemente genera distorsiones. Si los alineamos, ¿no creéis que el impacto en el otro será mucho más positivo y claro?
Y fíjate en este detalle tan curioso: tu comunicación siempre lleva dos mensajes a cuestas: el de contenido (las palabras literales) y el relacional (la relación que tienes con la otra persona). La lectura que el receptor haga de esa relación va a clasificar el contenido. Es decir, si nos llevamos bien, aceptarás mejor el mismo mensaje que si nos lleváramos mal. Por eso, cuidar el mensaje relacional es clave para que el contenido entre "casi solo".
Finalmente, tenemos un enemigo silencioso: el ruido. No hablamos solo del ruido externo (obras o mala conexión), sino del ruido interno o mental. Este ruido emocional, provocado por el miedo a hablar o por prejuicios, es el más peligroso. ¿De verdad pensamos que podemos comunicarnos eficazmente si nuestra mente está inundada por el miedo o el prejuicio? Tenemos que aprender a gestionar ese caos mental para que el mensaje no se pierda.
Ahora bien, para que todo esto funcione, tenemos que cambiar el foco. Tradicionalmente, nos centramos en nosotros mismos: cómo estructurar el guion y qué decir. Pero si la comunicación quiere ser efectiva, el protagonista no debes ser tú; ¡debe ser la audiencia! Cuando solo estás en modo "contar mi libro," dejas al azar que tus palabras conecten con la necesidad del otro.
La clave del éxito reside en alinear lo que tú quieres decir con lo que el otro necesita. El famoso aforismo "el mapa no es el territorio" se aplica perfectamente aquí: cada uno comunica desde su propio mapa mental. Si no indagamos en el mapa del otro para entender su visión, ¿cómo podremos acercarnos a la realidad común?
La psicología cognitiva lo confirma: las personas retienen mejor la información que consideran relevante para sí mismas. Esto nos lleva al Efecto Golum: si tu audiencia o tus compañeros no encuentran "algo para sí" en tu mensaje, desconectan y la atención se pierde.
Por lo tanto, nuestro trabajo es ponernos en modo indagador. Antes de "vender" la solución, debemos preguntar por sus problemas, sus intentos previos y sus necesidades. De esta forma, adaptamos nuestro mensaje para que responda directamente a su necesidad.
Para lograr esta conexión profunda, no basta con escuchar lo literal (lo Explícito o la "letra de la canción"). Debemos considerar el nivel Implícito (lo que el otro siente, la "música sensorial") y el Contexto (sus creencias, miedos y presiones). Solo a través de este ejercicio empático podremos influir en los demás, hablando "en los términos que ellos quieren". ¿No es más lógico gastar nuestra energía en entender al otro que en repetir reuniones que mueren por falta de conexión?